NIÑOS SIN AZUL


Yo guardo en la memoria
marcada por un hierro tenaz y dolorido
mi infancia alicantina y su paisaje
abrasado de sol:
resecos pedregales, polvorientos olivos,
algún mínimo huerto
dormitando a la sombra de una higuera,
la desolada nota del cactus agresivo
y una sed irredenta en la mirada
que acartonaba el alma y hería el corazón.
Más allá de los montes,
a la distancia justa del grito y de la lágrima,
se averiguaba un mundo
de brumas y gaviotas, de redes y veleros,
de cálidas arenas empapadas de sal.
Unos pocos kilómetros bastaban
para herirnos la frente con la ausencia
del mar, de aquel inaccesible mar
tan nuestro y tan ajeno.
Unos pocos kilómetros, muy pocos,
cegaban horizontes, amordazaban brisas,
arrebataban olas
negándonos el gozo de su abrazo,
su paternal y mítica caricia...
Nosotros, los oscuros,
los indefensos niños de secano,
apátridas de azul, mediterráneos 
del árido barbecho y de la estepa,
nacíamos ungidos por el cruel designio
de sólo navegar melancolías.
Aún late en mis oídos el recuerdo
de aquellas luminosas caracolas
que encerraban el mar en sus entrañas.
¡Con qué avidez de espumas escuchábamos
su profundo rumor, tan presentido!
En los charcos, los barcos de papel
-fragatas, carabelas, bergantines-
¡qué heroicas fantasías dibujaban!
Y en las terribles noches,
juntó al canto del grillo y su cansera 
¡qué sueños de corales y de algas!
Pescadores de almendras, marineros sin mar,
argonautas del cieno...
Unos pocos kilómetros,
y hubiera sido nuestro el universo.

Ahora, desde lejos,
a pesar de las lluvias transcurridas,
todavía me vibra la nostalgia
de haber tenido el mar
tan cercano, tan mío,
y no haberlo nacido.


(Subido al blog el 19 de septiembre de 2018)