ESCRITOS DIVERSOS

Incluyo aquí algunas ponencias, artículos y textos míos sobre temas muy diferentes publicados en revistas y periódicos españoles y extranjeros.


SUMARIO
1) Sobre el mito del héroe cultural. Los héroes cotidianos.
2) Yasnaya Polyana
3) Quiero decir...




SOBRE EL MITO DEL HÉROE CULTURAL. LOS HÉROES COTIDIANOS.

(Ponencia presentada el 22 de octubre de 1987 en el XXIV Encuentro Internacional de Escritores de Belgrado).

            Junto a los héroes políticos y militares que engrandecieron a sus pueblos, fijaron sus estructuras sociales, les liberaron de la opresión interna o externa, o delimitaron definitivamente sus fronteras, los héroes culturales brillan con luz propia interviniendo en los destinos de sus países, siendo destino ellos mismos, con la fuerza de sus ideas, con la genialidad de sus reformas, con el peso específico de su inmensa personalidad intelectual.
            Pero yo no quiero referirme a estos grandes héroes del pasado ni a los que la historia del mundo haya de proporcionarnos en el futuro. Prefiero hablar del presente y de otra categoría de “héroes culturales”: los que podíamos denominar “héroes cotidianos”, casi anti-héroes, si ustedes quieren, no por más humildes menos grandes y heroicos.
           Estos “héroes cotidianos” son aquellos escritores que oscura, calladamente, llevan a cabo su labor con una constancia ejemplar en las condiciones más negativas que imaginarse pueda, pero sin dejarse vencer por desalientos, construyendo día a día su obra con el solo bagaje de su vocación y de su esperanza.
            Quizás muchos de ellos no sean conocidos; quizás sus nombres no pasen a la historia… Pero todos forman parte del entramado cultural de sus países, todos aportan algo al patrimonio literario de sus pueblos; la suma de todos sus cotidianos heroísmos incrementa, sin fulgores, sin públicas resonancias, nuestra cultura universal.
            Porque héroe cultural es, por ejemplo, el escritor en el exilio. Ese hombre que, separado de su patria, se ve obligado a vivir en un paisaje extraño, entre gentes ajenas a su mentalidad o a su cultura, ejerciendo a veces oficios muy alejados de su altura intelectual, con la mirada y el corazón puestos en la tierra que lo vio nacer, en la familia y amigos a los que quizás nunca pueda volver a encontrar.
            Y es héroe cultural porque ese hombre exiliado sigue ejerciendo su oficio de escritor, sigue manejando lo mejor de su idioma, sigue entregando a su cultura el fruto de su imaginación o de su saber. Regresará o no regresará; su trabajo será o no reconocido: pero ahí queda su aportación, tanto más valiosa cuanto que está hecha desde la nostalgia, desde esa herida honda que para todo hombre significa el desgajamiento de sus raíces.
            Héroe cultural es el escritor encarcelado. El tirano de turno no pudo encontrar en sus escritos los halagos que esperaba ni en su postura pública los gestos aprobatorios que le fueran útiles para justificar su opresión. Antes al contrario: sólo halló en él crítica inteligente y justa, nobleza de espíritu, solidaridad con los oprimidos, verdades como puños que se incrustaron en su pecho como balas cargadas de futuro. El tirano de turno no se atrevió a matarlo -hay tiranos que cuidan mucho las formas, por el qué dirán- pero creyó que callaría su boca para siempre encarcelándolo durante años.
            Y ese escritor es un héroe cultural porque desde la desolación de sus cuatro paredes y apoyándose tan sólo en el rayo de sol que entra por su ventana, sigue escribiendo, sigue ejerciendo, para sí y para los demás, esa hermosa palabra que es la libertad. Porque no hay hombre más libre que el que tiene ante sí una cuartilla blanca y la puede llenar con sus ideas.
            Héroe cultural es el escritor que cada día ve cercenados sus escritos por la censura. Nadie es capaz de imponerle lo que tiene que decir, pero sí le recortan, modifican, tratan de enmascararle sus verdades. Es un hombre que, por las circunstancias que sea, no ha tenido la oportunidad de alejarse de su dolorida patria, o ha preferido quedarse en ella para, contra viento y marea, proseguir sin desmayo su aportación cultural. Sufre como nadie puede sufrir, que no hay cosa más triste para un creador que ver como su obra es manipulada por gentes casi siempre incapaces de escribir una línea, pero gentes que tienen en sus manos el poder que, a veces, tanto teme a la inteligencia.
            Y ese hombre es un héroe cultural porque, a pesar de todo, sigue escribiendo, no sometiéndose jamás a los dictados de la censura, pero quizás aguzando su ingenio para “escribir entre líneas”, para entregar, por encima de todo, su mensaje a los demás.
            Héroe cultural es el escritor que, por necesidad de su manutención diaria y la de su familia, se ve obligado a vivir de trabajos muchas veces ajenos a su auténtica vocación. Estoy pensando en el escritor-periodista que tiene la terrible obligación diaria y casi mecánica de sus artículos como medio de vida; o en el que trabaja en una oficina rodeado de incomprensión, inmerso durante muchas horas al día en la frialdad de los números o en actividades diametralmente opuestas a sus conceptos vitales. Conozco escritores que ganan su pan como camareros, oscuros funcionarios, contables, representantes de comercio…
            Y son héroes culturales porque, a pesar de todo, al regresar de sus trabajos se sientan a su mesa y continúan escribiendo sus ensayos, sus novelas, sus libros de poemas. Realizan desde el cansancio y la frustración, su aportación cultural.           
            Héroes culturales son también los escritores que, por razones comerciales, o por extraños motivos del complicado mundo editorial de algunos países, ven pasar los años sin que sus obras sean publicadas, obras que duermen un hondo y oscuro sueño en los cajones de sus escritorios. Esas obras verán o no verán la luz, pero ahí están como aportación, más o menos valiosa pero aportación, a su patrimonio cultural.
            Y son héroes culturales porque, a pesar de las circunstancias adversas que los rodean, ellos no cejan, no pierden nunca la llama de la fe, continúan trabajando sin desalientos con la confianza puesta en algo que tardará en llegar, si es que llega: el reconocimiento impreso de su labor.
            Y, finalmente, héroes culturales, creo que en la mayoría de los países, son los escritores que empiezan, los más jóvenes. Sobre todo, y perdonadme que destaque mi cuerpo profesional, los poetas. Porque no hay acción más humildemente heroica ni que más pueda conmovernos, que el joven poeta urdiendo sus versos en la soledad, hablándose a sí mismo, pero deseando que alguien le escuche y comparta sus emociones, soñando como sólo saben soñar los jóvenes poetas. Ellos intuyen, presienten, que el camino es duro y difícil, que tendrán que renunciar a muchas cosas, que el oficio de poeta exige muchas horas de aislamiento, de búsqueda interior. Pero todavía no se preguntan: ¿y todo esto, para qué?  Ese “para qué” que tantas veces nos preguntamos los escritores que ya contamos con alguna experiencia.
            Y son héroes culturales sin saberlo, sin suponerlo siquiera, sin pensar nunca que quizás sólo un horizonte de silencio les aguarda, aunque cada poema escrito con esperanza sea un granito de arena más añadido al patrimonio cultural de sus pueblos.


***

            Uno de los sub-temas de este Encuentro lleva por título: “La situación prometeica del héroe cultural en la actualidad”. Estos héroes cotidianos a los que me he referido son como tristes Prometeos encadenados a su dramático destino humano y profesional. Cada día reciben la visita del buitre de la incomprensión y del desamor en sus desgajadas entrañas. Quizás nunca les llegue el aliento liberador de un Hércules que convierta en alegría sus tragedias. Pero ellos siguen en la cima de sus montes, inmovilizados por sus cadenas, pero libres, siempre libres, dándonos el ejemplo de su heroica vocación, alzando sus voces hacia todos los mares, hacia todos los vientos.
            Que el callado grito de estos héroes cotidianos anide en lo más profundo de nuestras conciencias.
            Que jamás nos olvidemos de estos hermanos nuestros que escriben, y siempre lo seguirán haciendo, a pesar del dolor, a pesar de la indiferencia, a pesar de la opresión y de la injusticia, a pesar de su inmensa soledad.



YASNAYA POLYANA


(Artículo publicado en el diario ABC de Madrid en fecha 23 de octubre de 1998. Publicado también en septiembre de 1999, traducido al ruso por Pável Gruschkó, en el “Almanach Yasnaya Polyana”, Tula/Rusia, órgano oficial de los Encuentros de Escritores).


Recuerdo la escena envuelta en una neblina de nostalgia, tan lejana que más me parece fabulación que memoria permanente. Eran otros ritmos de vida, otros sosiegos cotidianos los que enhebraban el tiempo de mi adolescencia. Invierno, mesa camilla con brasero -la badila, echando sus rojizas firmas sobre la ceniza-, afuera, el pavor de la noche. Alrededor de la mesa, mi padre, mi hermana, mi madre con su eterna labor entre las manos, y yo. Todos escuchábamos en silencio la lectura pausada, llena de matices, de mi padre. Lo recuerdo muy bien, porque fueron muchas veladas, sin perder un solo capítulo: Ana Karenina, su lento deterioro espiritual hasta el suicidio, el ambiente cortesano de aquella Rusia brillante y confiada, la vida de los mujiks en la que ya se fraguaban, oscuramente, los cambios futuros, el despliegue psicológico de los personajes: Levin, el príncipe Oblonsky, Alexei Karenin, el conde Vronsky, Kitty, Dolly… y paisajes, costumbres, situaciones, ambientes, en ese amplio retablo por el que campean las más nobles conductas junto a las miserias máUn extravagantes hondas.
Allí, en aquellas páginas sonoras, tan sufridas como gozadas en mi asombro de muchacho, descubrí yo la literatura -la poesía me llegaría poco después por otros cauces- y comencé a amarla tan profundamente como hoy la amo. Y en mí quedaron, ya fundidas para siempre, la palabra de Tolstoy y la voz de mi padre, como un vivo milagro que aún sigue habitándome.
Rusia central. Región de Tula. La extensa finca de Yasnaya Polyana. El otoño ha comenzado a mostrar sus tapices en los bosques: abedules -en ruso, tiernamente femenino:  abedulas-, abetos, álamos, encinas, enebros, acebos, se cubren de la más amplia melancolía de colores. Granates intensísimos, amarillos de rara belleza, ocres leonados, verdes somnolientos, inolvidables cárdenos. Y, extrañamente, un azul perfecto en lo más alto, sin una sola nube durante varios días.
Todo tiene aquí una fuerza mágica que envuelve la piel, y nos invade, y se adentra hasta lo más profundo dejándonos apasionadas huellas. Aquí, en este inmenso ensueño vegetal de Yasnaya Polyana, nació y vivió durante más de sesenta  años el conde León Tolstoy, ese gran ejemplar humano y literario, orgullo de nuestra vieja y cansada  Europa. Y de aquí salió, ya octogenario, inmerso en una repentina locura fugitiva, para morir en una modesta estación de tren, ante el dolorido clamor de Rusia entera. En la casa-museo, que él vivió, muebles, cuadros, libros, viejas fotografías, objetos personales -su camisa, su pluma, sus relojes, sus pesas de gimnasia- y una inagotable, viva presencia. No nos sorprendería encontrarle de pronto en algún pasillo, o tras un macizo de flores, o allá, sentado en un  rincón de la arboleda.
El día 9 de septiembre de este año se celebra el 170 aniversario de su nacimiento, de la llegada al mundo del hombre que, además de legarnos una espléndida obra literaria, tanto luchó por humanizar cuanto de inhumano encontraba a su paso. Su tataranieto, Vladimir Tolstoy, artífice, director y entusiasta impulsor de la Fundación Yasnaya Polyana, atiende con generosa cordialidad a los escritores de diversos países que hemos sido invitados al Encuentro conmemorativo. Se presentan ponencias, se leen poemas, se comparten ideas, fervores, emocionados comentarios…
Al fondo de un largo camino de tierra, en un pequeño claro del bosque, a la sombra antigua de los tilos y los arces, que ya inician su ofrenda de otoño, la tumba de León Tolstoy. Como él la quiso: sin inscripción alguna, sin nada que denote que allí duerme un gigante. En la misma tierra, junto a las raíces, como un elemento más de esta entrañable naturaleza, un leve montículo rectangular cubierto de verdor con una cenefa de pétalos. Impone y conmueve, en aquel silencio, tanta sencillez para tal grandeza.
Como conmueve la riada de personas -gente de todas las edades y condiciones- que, desde primeras horas del día, han ido llegando, despacio, como en callada peregrinación, olvidando sus tremendos problemas y dificultades de cada día, para depositar allí sus flores y sus rezos, para permanecer unos minutos ensimismados ante esta tumba, ante este recuerdo que los redime y ennoblece. Varios miles, a lo largo de la jornada. No dejo de pensar, con cierto sentimiento de vergüenza, en nuestras pobres conmemoraciones literarias, reducidas a un público tan concreto como escaso, ausentes, casi siempre, del calor popular.
En su diario, tras uno de sus largos paseos por estos bosques, León Tolstoy dejó escrito: “He salido esta tarde y he vertido lágrimas de alegría y reconocimiento por la vida”.  Y es esa misma vida la que, vencida ya la muerte, sigue latiendo aquí, en este inolvidable recinto de Yasnaya Polyana, detenida en el tiempo, pero siempre vibrante, testigo indestructible de una hermosa y serenísima  memoria.


QUIERO DECIR... 


(Ponencia presentada el 20/10/2002 al XXXVII Encuentro Internacional de Escritores de Belgrado. Todavía estaban abiertas las heridas de los criminales e injustificables bombardeos de la OTAN del año anterior. Publicada en noviembre del mismo año en la revista Anales de Matischa Srbska, de Novi Sad (Serbia), en traducción de Silvia Monrós-Stojakovic).


Queridos amigos y colegas: Después de ofrecerles mi más cordial saludo, y acogiéndome al tema genérico propuesto para este Encuentro, quiero decirles algunas cosas. 

1) Quiero decir: que amo la nieve, ese inmenso y puro milagro que en el invierno cubre y arropa los campos, los tejados, las altas cúpulas, los bosques y montañas, envolviéndolo todo con la silente paz de su belleza.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a ensuciar esa blancura, ni siquiera con una mínima gota de sangre.

2) Quiero decir: que amo el silencio. Porque en el silencio el tiempo adquiere otra dimensión, y en el silencio encuentro la necesaria serenidad para mi labor creativa, para la meditación, para los ejercicios de introspección que me conducirán al poema, al artículo, al relato.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a romper ese silencio con sirenas, alarmas, chirridos, gritos de dolor, gritos de rabia, llantos de impotencia.

3) Quiero decir: que amo el cielo azul, claro, sin nubes, espléndido en su evocadora infinitud, habitado tan sólo por la presencia amparadora y vibrante del sol.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a nublar ese azul con oscuras humaredas, a ensombrecer el sol con el eco de lejanos incendios, a convertirlo en trágico anticipo de la noche.

4) Quiero decir: que amo la primavera. Porque en ella renace la vida, y yo amo la vida. Porque los árboles vuelven a ser árboles a través de sus ramas verdecidas, y las flores asoman su exacta perfección, y todo es como un canto elevado hacia Dios.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a interrumpir ese canto, a convertir esos árboles en memoria, en pobres esqueletos renegridos, y esas flores en ternura desolada y pretérita.

5) Quiero decir que amo los ríos (“nuestra vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir...”, dijo el poeta español Jorge Manrique, en el siglo XV), con su imagen fugaz y permanente a la vez, con sus largos viajes a través de paisajes y fronteras, con el bullicio de su vida interior, con su limpio canto de libertad
Y que nadie tiene derecho, nadie, a convertir esos ríos en estampa del horror y de la destrucción, a llenar sus cauces de puentes derruidos, de barcos naufragados, sus orillas de miradas llenas de asombro y desaliento.

6) Quiero decir que amo las mañanas, ese renacer diario que con sus luces cambiantes nos llena los ojos de esperanza, y nos hace respirar con más anhelo de vida, e inunda nuestras sienes de un rocío colmado de futuro.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a hacer que mis mañanas sólo sean una oscura sarta de dudas y preguntas: ¿Qué será hoy de mí y de mi gente? ¿Qué nueva tristeza me traerá el día?  ¿Hacia dónde mis pasos sin destino?


7) Quiero decir que amo los niños, porque en sus ojos reencuentro mi propia infancia, y en sus preguntas toda la ingenuidad que perdí, y en sus risas descubro una confianza en la vida que yo quisiera mantener viva, a pesar de todo.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a hacer que en los ojos de los niños surja siquiera una lágrima, ni a hacer que sus preguntas no tengan respuesta, ni a que el miedo o la desesperanza anulen para siempre la verdad de sus risas.

8) Quiero decir que amo los libros. Porque en ellos encuentro la auténtica amistad, la fuente más segura de placeres éticos y estéticos, el calor de quienes, hace siglos, o hace días tan sólo, quisieron acercarse a mí para dejar ante mis ojos la cálida verdad de sus palabras.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a quemar mis libros, a destruirlos, a desparramar sus páginas entrañables entre paisajes desolados de ruinas, de escombros, de rescoldos humeantes.

9) Quiero decir que amo al ser humano, tal como es, con sus virtudes y sus defectos, con sus cualidades y sus carencias. Aunque sé que, en algún rincón perdido de nuestra personalidad de seres humanos habita una pequeña porción de lobo dormido, que procuramos mantener en un hondo letargo.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a despertar ese lobo dormido.

10) Y para terminar, quiero decir que amo profundamente la poesía, como manifestación de lo más hondo del ser humano, y que amo profundamente mi oficio de poeta, que procuro ejercer honesta y responsablemente.
Y que nadie tiene derecho, nadie, a sembrar el dolor, la miseria y la tristeza, obligándome a que en mis poemas tenga que solidarizarme con tanta gente que sufre, cuando tan hermoso podría ser solidarizarse con la felicidad y la alegría si el dolor, la miseria y la tristeza no existieran.

Esto es todo lo que quería decirles. Y porque así lo pienso y así lo siento, así lo escribo. Y así lo digo.